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El callejón de las almas perdidas, la sombría propuesta de Guillermo del Toro

La monstruosidad no es sólo una cuestión de apariencia y esa es la verdadera propuesta que Del toro ha explorado en sus últimos trabajos

RAFAEL VÁZQUEZ DÍAZFebrero 11, 2022 
Tiempo de lectura: 9 mins.
“¿Qué es el espectáculo y hasta dónde llegaríamos para conseguirlo?”, es una de las interrogantes que plantea Rafael Vázquez Díaz en su reseña de “El Callejón de las almas perdidas”, la cinta de Guillermo del Toro nominada a cuatro Oscars (FOTO YOSOITÚ)

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Hacer una reseña sobre El callejón de las almas perdidas (2022) es una labor compleja porque hay dos excelentes antecedentes; la novela de 1946 -escrita por William Lindsay Gresham- y la película homónima producida tan sólo un año después por el director británico Edmund Goulding (también director de Grand Hotel [1932] y The Razor ´s edge [1946]). En segundo lugar, es complicado escribir una reseña objetiva porque Guillermo del Toro no deja de enorgullecernos; no sólo es el tipo más agradable en todo Twitter, lleva a cabo encuentro de formación de jóvenes cineastas, se involucra políticamente en asuntos de trascendencia nacional y sus filmes tienen un sello mundialmente reconocido. 

Intentaré no obstante, compartirles porqué creo que su más reciente filme es un digno merecedor de las cuatro nominaciones a los premios de la Academia y porqué deberían ir corriendo al cine a verla. 

CINE NEGRO... ¿NAIF

El arte naif se caracteriza por representar características ingenuas; colores brillantes, la ausencia de una perspectiva formal y los temas que suele tratar -la vida del campo, la familia, las tradiciones- no podrían ser más diferentes a los componentes de los que está hecho el cine negro; caracterizado por presentarse en claroscuros, sombras recurrentes y temas relacionados con la sociedad; corrupción, impunidad, crimen y violencia. 

El cine negro tuvo como influencia un momento muy sombrío de la humanidad; la primera y la segunda guerra mundial, de hecho es entre los años 40 ´s y 50 ´s que éste género se consolida como una propuesta estética. Es bien interesante, porque es también este periodo en el que Del Toro encuentra inspiración para sus filmes, pues recordemos que La forma del agua (2018) tiene como antecedente La mujer y el monstruo (1954), otra genial adaptación que fue merecedora de varios galardones. 

 

Es por eso que pudiera sonar imprudente tildar de naif la versión de El callejón de las almas perdidas de 1946, pero es imposible comparar la más reciente película con la de los cuarentas por ese toque incomparable que el director mexicano añade en cuanto a los detalles; el vestuario, escenarios, las tomas explícitas y la narración -mucho más detallada y construída- que le agrega profundidad a los personajes, dramatismo a los conflictos y mucho más misterio al entorno del espectáculo. No es sólo el 4k, los efectos especiales y los escenarios perfectos; es el interés por los detalles y la congruencia de la historia. 

LA NOVELA Y EL CLÁSICO

Vale la pena ser más descriptivos en cuanto a los planteamientos de la novela original y la película de 1947, pues presentan un esqueleto idóneo con el cual Del Toro no intentó competir en ningún momento; tomó los mejores elementos y le agregó toda la experiencia que tiene como realizador. 

Correré el riesgo de criticar el trabajo de Tyrone Power en el papel principal como Stanton Carslile; el “Stan” de aquella época tiene esa aura de los galanes de Hollywood con posturas preconstruidas y un rango de emociones muy pobres, por ejemplo, los trances de locura suelen resolverlos con un ligero despeinado y ojeras pronunciadas, cero expresión corporal; por el contrario, Bradley Cooper (tal vez lo recuerden por su papel simplón en ¿Qué pasó ayer? [2009]), hace, desde mi perspectiva, el mejor papel de su carrera; es palpable la contención de su ira, la ambición desmedida brillando en sus ojos y el pasado tormentoso que experimenta en silencio mientras intenta huir de todo y de nada a la vez. 

Los personajes femeninos también tienen otro punto de arranque; en la versión clásica es interesante analizar el discurso de género en torno al matrimonio, el sometimiento al varón e incluso en el papel de redención que juega el personaje de Molly (Coleen Gray) en la versión clásica -en aquellas épocas era poco común dejar inconforme al espectador en el final- y que está literalmente ausente en la nueva versión. Hay elementos que se preservan para el desarrollo de la historia mientras que otros son totalmente distintos; una de las cosas más crueles que hace Guillermo del Toro es dejar sin amor al protagonista; el círculo de castigo se cierne en torno al personaje principal y la celda de la desesperanza recae con todo su peso. 

EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS (2022) 

El perfeccionamiento de los monstruos de Guillermo no son sólo técnicos o estéticos (aunque habría que darle un premio al terrorífico bebé en formol que aparece en diversas escenas del filme), la monstruosidad no es sólo una cuestión de apariencia y esa es la verdadera propuesta que el director ha explorado en sus últimos trabajos. 

La reflexión, entonces, proviene más desde el lado ético y las preguntas que devienen también están desde el trabajo original; ¿qué es el espectáculo y hasta dónde llegaríamos para conseguirlo?. No quiero ahondar en el tema (aunque si desean una aproximación divertida, les recomiendo Peter Capusotto y sus 3 dimensiones [2012]), pero el morbo humano, el placer por lo desconocido y el límite con lo ilegal es una permanente puja dentro de la mente humana; ¿son acaso las escenas explícitas lo único que nos puede convocar a la reflexión?. 

Es curioso; Gresham, el autor de la novela, dice que basó el personaje del “monstruo” en un hombre que en la vida real masacraba gallinas y se tomaba su sangre en un siniestro espectáculo popular, recibiendo únicamente alcohol y comida como pago. Aunque en la película del 47 esa escena se insinúa, no aparece en pantalla por un falso pudor de la época (sobretodo cuando en plena guerra se masacraba a millones de las formas más crueles y diversas), por el contrario, el director en la versión más reciente nos obliga a ver durante varios segundos la agonizante gallina decapitada, mientras que su sangre empapa el cuello del hombre miserable que la mastica con horror; ¿es un monstruo?; ¿es humano?; esas preguntas parecen latentes en la mente de los asistentes y los espectadores en el cine

LOS MONSTRUOS DE GUILLERMO 

Me gusta el trabajo de crítica fílmica de Carlos Celis y en artículo reciente (“Cómo escapar al branding de Guillermo del Toro”) nos acusa de perezosos a aquellos que consideramos que los monstruos son cada vez más humanos y mucho menos fantásticos; “tal vez sea lo más lejos que ha estado de la fantasía y lo más cerca de realizar un drama tradicional” señaló en su artículo y aunque hay elementos con los que concuerdo, en otros me parece que se equivoca. Me explico: la película está contextualizada en un circo donde “los fenómenos” son humanos de carne y hueso, en ese sentido, la monstruosidad en el mundo que ha construido el tapatío siempre ha cuestionado el parámetro de la “normalidad”, contrastando la apariencia exterior horrorosa con la bella, así como la relación que ésta tiene con muchos antivalores (la ambición, la traición, la manipulación); es una lógica totalmente contraria a la hegemónica. 

La propuesta en la crítica de Celis es que hay que dejar a los monstruos monstruosos y a los villanos malvados y no podría estar menos de acuerdo; hablar del bien dentro del mal y la maldad dentro del bien (como él mismo señala que hay que hacer con el propio Guillermo del Toro) es una reflexión a la que estamos obligados y son esas pequeñas crisis las que hacen mejorar la capacidad de análisis de las audiencias. 

No es para nada sorpresivo que hoy en día el couching (y otros tantos métodos de embaucamiento como el del “Master Muñoz”) pregonen la ambición como una virtud; el decreto de tener más cosas, el deseo por la fama y el éxito a corto plazo -usualmente sin inconvenientes como la paciencia, la constancia y el sacrificio- ocupan los discursos en los medios tradicionales y las redes sociales, por eso un personaje tan terrible como es Stan es muy importante de analizar; alcohólico, quebrado y sin una pizca de dignidad, admite la crónica de su fracaso anunciado; “Nací para eso” lo escuchamos decir, mientras que los ojos se le anegan en lágrimas... ahí está la monstruosidad muy bien representada. 

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