JULIO CORTÁZAR: 40 AÑOS

Julio Cortázar: Celebrando la "gran mentira"

Con motivo del 40 aniversario luctuoso del escritor Julio Cortázar, reproducimos este texto del periodista José Vales

Autor de 'Rayuela'
Julio Cortázar.Autor de "Rayuela"Créditos: INBAL
Por
Escrito en TENDENCIAS el

Fue el 12 de febrero de hace 40 años, cuando Julio Cortázar marcó su final de juego. Ese día llegó al cielo en esa rayuela constante que fue su vida. De inmediato se habló de su muerte, con un desparpajo insolente, que todavía suena a incomprensible. 

Aquellos que aún hoy siguen siendo fieles a su obra descreyeron siempre de la noticia y hasta borraron esa fecha del calendario. Se aferraron como a un credo a la respuesta que uno de sus amigos de letras, Gabriel García Márquez, le dio a Carlos Fuentes, cuando este lo llamó a su casa en San Ángel, para darle la noticia: 

Gabo, el diario dice que murió nuestro amigo Julio, en París… 

Carlos, por favor, no creas, todo lo que dicen los diarios…

Y era cuestión de no creer. Convicción, esa, que se viene reafirmando durante cuatro décadas porque el juego, para sus devotos lectores, sigue vigente. Entrar por la Galería Güemes y de repente aparecer en la Vivienne, pasar por la calle San Martín 424, y cruzarse con alguna de las putas del puerto que le llevaban las cartas de los marineros para que se las tradujera, como lo ventila en alguno de sus relatos en Deshoras o cuando, recorriendo la calle Suipacha, uno se esperanza con ver salir del apartamento de Andrée (perdida aún vaya a saber en qué rincón de Le Marais) a ese sujeto, capaz de vomitar conejos con solo ubicar bien los dedos. 

Pese a todo, aquel 12 de febrero del 84 no fue un día más, sino un día clave. Un parteaguas en la relación de Cortázar con sus lectores. A partir de entonces, la coherencia entre su compromiso, su solidaridad, su lealtad para con su ciudad y su país se mimetizó con su obra para que la trascendencia hiciera el resto. Y es que hablar de Cortázar es hablar del escritor argentino (mal que le haya pesado a cierta elite literaria) más versátil y transformador y, por sobre todo, uno de los más queribles en América Latina.

Hasta aquel día de la “mentira”, transformada en noticia luctuosa, Cortázar llevaba viviendo en París desde 1951.  El agobio por las formas de un peronismo que lo invadía todo, lo había llevado al borde de la asfixia en Buenos Aires, su ciudad –a pesar de haber nacido en Bruselas 37 años antes–, la que siempre había despertado en él su deseo más grande.

Para entonces, en esa ciudad, que se convirtió en su razón de ser Cortázar,  había traducido ya a André Gide y a Chesterton y a Édgar Alan Poe; ya había escrito su memorable crítica sobre Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal, y su célebre Casa tomada; tenía publicado el volumen de cuentos La otra orilla, su novela (la primera) Divertimento y El examen, que vio la luz recién en 1986. Es ese texto el que permite percibir al Cortázar que vino una década después en términos literarios y avizorar las razones de por qué decidió abandonar su país y su ciudad, a la que le dedicó la mayor parte de su obra.

Se había agotado de los desvíos que ya manifestaba el país, al que siempre iba a analizar y criticar en cartas o en público, y, sobre todo, necesitaba seguir viviendo en estado literario. Ese que mejor le sentaba a su gigantesca humanidad.

Te recomendamos: 10 años sin José Emilio Pacheco: conoce las calles donde sucede "Las batallas en el desierto"

Había regresado de una estadía en la ciudad de Mendoza como profesor universitario, en 1946, con la intención de vivir en Buenos Aires “para siempre”. Pero con el correr de los años, esa ciudad que él solía devorarse paseando por barrios perdidos, en veladas boxísticas y noches de jazz o tertulias literarias; esas calles en las que codeó con Borges y admiró a Ramón Gómez de la Serna se fueron convirtiendo en lo que él rebautizó ‘Peronlandia’, desde que el peronismo irrumpió en la esfera política en 1945. 

Por eso y por un europeísmo que llegó a entender como “lógico” –ya que había nacido en Bruselas, por azares familiares–, Cortázar ya prometía desde sus primeros días en París quedarse allí para siempre. Y sabemos, Julio era un hombre de palabra. Allí se fue. Con las maletas cargadas de la materia prima necesaria con la que construyó la parte esencial de su obra.

 Con Buenos Aires en la piel y en la pluma

A veces más, a veces menos, siempre se vio obligado a explicar el porqué de aquella decisión. Era cuestionado por un sector de la intelectualidad, abrazado a un nacionalismo ramplón. En entrevistas o en cada uno de sus seis viajes de visita a Argentina, parecía obligado a dedicar un párrafo al asunto. 

“Nos molestaban mucho los altoparlantes gritando en las esquinas ‘Perón, Perón, qué grande sos’. Porque se intercambiaban con el último concierto de Alban Berg que estábamos escuchando...”. 

Décadas después, Revolución cubana mediante, fue cuando Cortázar revisó su antiperonismo primigenio. Después de todo, argentino al fin, tenía su cuota de peronismo en sangre. Lo que no pudo o no quiso revisar fue esa ambivalencia que desde 1946 había comenzado a experimentar por su país –cuya evidencia más notoria quedó plasmada en el poema  "La Patria" – y por esa ciudad, a la que narró, reinventó y recorrió literariamente como nadie.

“No me considero una persona que escribe en español. Yo escribo en argentino y, por qué no, en porteño”, solía repetir. Y ahí están algunos de sus relatos para corroborarlo, como Torito o Segundo viaje.

Ciertos sectores políticos y algunos círculos literarios no le perdonarían esa distancia ni sus posturas de entonces como tampoco, el uso de las herramientas con las que escribía. El humor a prueba de todo y un genio que lo llevaba del tango a la plástica, del jazz al boxeo y la exploración permanente por los arrabales bonaerenses. Tampoco tomaban en cuenta esos sectores cuando él, entre 1976 y 1983, combatió con fervor militante a la dictadura militar, denunciando las violaciones de derechos humanos y recibiendo en París a los refugiados políticos. 

Solía defenderse con argumentos sólidos. Poniendo el dedo en la llaga de ese “ser nacional” tan sobrevalorado que termina afectando la razón colectiva. Una muestra de ello la dio en una de las varias entrevistas que dio en su último viaje a Buenos Aires, entre el 30 de noviembre y el 13 de diciembre de 1983, dos meses antes de aquel día en el que se transformó en obra. 

Le preguntaron cómo veía el país, que se aprestaba a recuperar la democracia después de la dictadura (1976-1983) más sangrienta de la larga colección de ellas. Pedía revisar críticamente el pasado.

“Tiene que haber una crítica, una crítica generosa, que no sea una crítica desgraciada para jabonarle el piso al gobierno… La parte positiva es esa sensación de distensión, la toma de conciencia de que realmente hay una libertad…  La parte negativa del asunto es, y eso se advierte hablando con amigos como con los taxistas, que veo esa cosa típica del argentino que nos ha hecho tanto daño: delegar siempre la responsabilidad en los demás. Los taxistas te hablan con gran franqueza y dicen: ‘Esto es una calamidad’, ‘esto va mal por tal y tal cosa’, ‘falta esto’, ‘esto habría que cambiarlo’, pero vos tenés la impresión de que están en un plan de acusación de los demás, pero que ellos están al margen. Se ponen un poco al margen. No hay una autocrítica que empiece por decir ‘yo también formo parte de las equivocaciones y de los defectos del país…’. Aquí el sentido crítico se ejerce en una sola dirección, de mí contra vos, pero ¿yo?, yo soy perfecto. Simplemente te estoy criticando, pero el hecho de criticar no me da ningún derecho, porque, ¿en qué medida yo soy culpable o partícipe de lo que está sucediendo? En mi viaje anterior a Buenos Aires me pasó una cosa muy significativa: un taxista me habló durante veinte minutos de la confusión, de cómo todo el mundo robaba, y cuando me bajé me estafó en el vuelto, me di cuenta después, cuando ya me había dado una lección de moral sobre los demás. Me estafó hace diez años y ese es un buen ejemplo. Los ladrones eran los otros, él no...”.

Te recomendamos: José Agustín, el escritor que se "creía Chaplin y cobraba como Carlos Fuentes"

Y como dicen que de lejos se ve más claro, ya entonces el hombre avizoraba el germen del mal que carcomió a la Argentina a lo largo de estos 40 años. La respuesta a ese razonamiento de aquellos que lo veían como un “afrancesado” era siempre la misma: “Lean mis libros y verán que son muy argentinos, (...) encontrarán que tal vez no me haya ido nunca de Buenos Aires”.

Y no se irá. En sus libros y en sus cartas están los rasgos de lo que fueron su literatura y su vida cotidiana. También en sus personajes como Horacio Oliveira y Manolo Traveler, el “Del lado de allá” y el “Del lado de acá”, en Rayuela.

Volver sin haberse ido 

Y es que Cortázar vivía en París, pero escribía en Buenos Aires. No faltan ensayos ni investigaciones al respecto, pero hay una carta que le escribe, en 1953, a su amigo Eduardo Jonquières y que Diego Tomasi rescata en su libro Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar, en la que una década antes de la publicación de Rayuela (1963) ya brindaba pistas de por qué debía estar de los dos lados: en “El de acá” y en “El de allá”.

“Es asombroso advertir cómo una cadena de decisiones puede modificar una vida y su circunstancia. Por lo menos la circunstancia de modo tan radical. ¿Soy yo aquel que traducía pasaportes en la oficina de la calle San Martín? ¿No estaré todavía traduciendo? Deberías ir a ver”.

Ya no existe ni el café Richmond de Florida, donde había conocido a Aurora Bernárdez, su exesposa y amiga inclaudicable hasta el final, en la confitería London, allí, donde pasaba sus horas en tertulias sin fin, hay un busto con su figura. O por esa suerte de hall de entrada a la esencia de Buenos Aires que era la calle Corrientes paseó Cortázar, por pura necesidad de certificar si su porteñidad seguía intacta, estoicamente, como en cada una de sus otras cuatro visitas a Buenos Aires, previas a aquel último viaje en plena efervescencia por la recuperación de la democracia.

A diferencia de aquellos primeros viajes, cuando se aburría o lo abrumaba la situación social y política, en los últimos dos disfrutó de ser un escritor popular. Le encantaba que los vendedores de periódicos lo reconocieran en la calle y que las señoras lo saludaran y le dijeran que lo habían leído, pero el país le dolía cada vez más profundamente, como dejó testimonio en innumerables cartas, luego de cada una de sus visitas.

Por entonces había visitado la ciudad en 1973, luego del triunfo del peronismo proscrito durante 18 años. Cortázar aprovechó para presentar El libro de Manuel (el texto más abiertamente político de toda su obra) en medio de cierto hostigamiento por su condición de antiperonista y por vivir en París. En este, logró revisar sus posiciones políticas, en parte gracias a su adhesión a la Revolución Cubana y sentar las claves de su relación con “la mujer” de su vida.

“Hubo un tiempo en que Buenos Aires y yo dejamos de ser amigos. Como cuando uno se pelea con una mujer, a pesar de lo cual la sigue queriendo. Para mí, las ciudades son siempre mujeres. Mi relación con ellas ha sido siempre la de un hombre con una mujer (...) Buenos Aires es, de alguna manera, la mujer de mi vida. Esa que queda ahí a pesar de todo y, (...) digamos, París es la gran amante (...)”.

A esa mujer volvió para despedirse 10 años después. Aquel 30 de octubre, a escasos 10 días de la asunción de Raúl Alfonsín, un Cortázar enfermo llegaba en el mismo vuelo que un reconocido dirigente sindical, Casildo Herreras. En el aeropuerto, un nubarrón de periodistas lo obviaron casi por completo. Todos esperaban al sindicalista.

Unos días después, en una fugaz e improvisada rueda de prensa, volvió a repetir qué significaba Buenos Aires para él. Ventiló las claves de su obra. “…Es como si no me hubiese ido. Yo a Buenos Aires lo llevo puesto como otros llevan puestos sus zapatos”.

Aquellos fueron días muy agitados para su ya frágil humanidad. Los dividió entre estar con su hermana y con su madre, nonagenaria por entonces y con algunos amigos; y recorrer los rincones que solía frecuentar el “Del lado de acá”. Dio varias entrevistas en las que se le volvía a cuestionar sobre su “argentinidad” y el porqué había aceptado, en 1981, la nacionalidad francesa. 

Pero en esa última visita, lo iban a convidar con un trago amargo. El desplante del gobierno de Raúl Alfonsín que le habían reservado, y que ya, por entonces, permitía evidenciar no solo cómo iría a terminar ese gobierno, sino el rumbo tambaleante y decadente que caracterizaría al país.

Él, el escritor más comprometido con la democracia y el que más había denunciado a la dictadura, había pedido una cita con el nuevo presidente. Nunca lo recibieron. Como si su influencia y poder de innovación fueran pecados capitales para un escritor. Se fue el 7 diciembre con la promesa de regresar en marzo para quedarse dos meses. No fue posible, como tampoco fue posible en 2014, 30 años después, cuando se conmemoraron 100 años de su nacimiento, que existiera un año cortazariano o un homenaje a la altura de su obra y de una sencillez y don de gente que en Argentina, por entonces como por estos días, representaría un acto revolucionario. Casi tanto como lo fue en su momento Rayuela.

Fue su amigo y albacea Saúl Yurkievich (1931-2005) el que años después contó que aquel último viaje “lo hizo cuando no debía hacerlo, fue muy nocivo para su salud. Estaba muy agotado, exánime, fue un gran esfuerzo”.

A su regreso a París “fue internado, empezó el ciclo de los hospitales. Peleó inconscientemente contra la enfermedad, porque tenía muchas ganas de vivir...”.

En aquel último viaje, como siempre, lo homenajearon y lo siguen homenajeando sus lectores. Sintió, como nunca antes, el cariño de la gente de a pie a flor de piel. Una noche, al salir del cine en la calle Corrientes y al toparse con una manifestación para recibir a los presos políticos liberados por la dictadura, una nube de jóvenes lo reconoció y se alborotó el ambiente. Iban y venían a las librerías para comprar alguno de sus libros y pedirle al rey de los cronopios un autógrafo.

Ellos formaban parte de esa legión que en México lo sienten más propio que “la misma chingada”, o en Solentiname, Nicaragua, como o en Antigua, Guatemala, lo reciben como a un latinoamericano sin dobleces. De la misma forma que lo siguen haciendo los “Del lado de acá”, que lo saben el hombre que mejor narró a Buenos Aires, casi hasta su reinvención, y el que más agudamente observó y cuestionó a su país, desde su rol de intelectual comprometido.  

Son los mismos que entendieron el mensaje oculto en sus relatos y hasta siguieron al pie de la letra esa última recomendación aquel 13 de diciembre, al pie del avión, cuando dijo “lean mis libros y verán si soy argentino o no”. 

Tal vez por eso hoy, 40 años después, son todos ellos los que celebran el haber obviado la mentira, y entender que el más entrañable de cuanto cronopio habite en este mundo, fiel a la sensibilidad y a la falta de afecto a las convenciones que los caracterizan, sigue entre nosotros. Defendiéndonos, como nadie, de tanto fama, mediocre por naturaleza cortazariana, que no dejan de reproducirse.